Es curioso que los sueños te hagan repiquetear más fuerte cuando no dependen de ti. Y ahí te quedas, mirando hacia arriba, viendo pasar la nube esa que tiene forma de oso panda.
Cierras los ojos y, de repente, vuelas. Torpemente te elevas y, sin saber muy bien cómo (rollos oníricos de esos), los cables de la luz te propulsan. El oso te sonríe y te da la mano. Te coge por la cintura y baila contigo. "Te he echado de menos en tus vigilias".
Entonces abres los ojos. Las terribles 6:30 de la mañana de un día cualquiera. Empiezo a contar los segundos que me separan de tu fin de semana.
