Sentada en el frío suelo de piedra te miré y sonreí. Ahora convulsiono de alegría al pensarlo, al ritmo de la frenética música que me recuerda lo divertido que es bailar a veces. Y me traslado a aquella noche, en la que te miraba y sonreía. Aquella noche que te conté mientras tú hablabas y, simplemente, oías sin escuchar. Aquella noche que me sorprendí al comprender que tu también tenías recuerdos.
Y yo te contaba no por querer que tú supieras, sino por reforzarme. Te contaba más con mi mente que con mis palabras.
Entonces no se puede decir que realmente te dijera, sino que pensara. Aunque tal vez captaste el mensaje... En ese caso volvería a sorprenderme.
Porque todo a tu alrededor tiene sentido, lo cual no quiere decir que yo lo tenga a tu lado. Todo tiene sentido, todo cuadra mientras solo te esté mirando. Mis palabras entorpecen el fluido de tus pensamientos. No era mi intención, en serio, yo solo quería que no pensaras que hablabas solo.
Y en ese mar de interesantes blablas que borbotaban de tus labios yo también estaba dialogando, feliz, conmigo misma. Porque esa noche yo confirmaba uno de los pasos que cambiarían mi rutina. Yo sería yo y tú seguirías siendo tú aunque ya no llenes mis recovecos, aunque regalaras a otro ser tus suaves besos.
En realidad yo no sería, sino que seguiría siendo la misma, pero echándote de menos.